Carlos Marín Arango

Socorro, Santander, Colombia, 1954

Poco tiempo después de concluir sus estudios de arquitectura (Universidad La Gran Colombia, Bogotá 1979) emprende un recorrido hacia el sur que lo llevará al reconocimiento de culturas prehispánicas y a la interiorización de la América Hispánica, ese “espejo enterrado”, como le llamara Carlos Fuertes. Esta experiencia que dura alrededor de cinco años la plasma en memorias etnográficas que recrea en un compendio de acuarelas a manera de cuadernos de notas.

Al regresar a su país, en 1985 da inicio a la recuperación de la memoria constructiva en su región, Santander, objeto de transformaciones aceleradas con la euforia que trajo a este país el sentimiento de la “modernidad” y la ausencia de políticas culturales en la protección del patrimonio, cuyo impacto se sintió en la arquitectura de poblaciones levantadas con la herencia colonial española en esa cuadrícula ortogonal (Norte-Sur, Este-Oeste) que para este arquitecto define “un desarrollo organizado y lógico”.

Esas pequeñas poblaciones fundadas cuatro siglos atrás, especialmente Socorro, San Gil y Barichara, donde transcurre su infancia y juventud, van a incidir en el carácter de su obra. Al igual que el paisaje, en su espíritu. Si algo caracteriza la arquitectura de Carlos Marín es el uso impecable de la materia y la técnica en formas que provienen del paisaje y nos retornan a él.

El conocimiento adquirido es resultado de la observación continua y rigurosa, por una parte, y la transmisión oral, por otra. Cuando la arquitectura en tierra había sido relegada a la zona rural, Carlos se dio a la búsqueda de los viejos tapieros que habían heredado de sus padres el saber. Hombres como don Vicente Soto, cercano en ese momento a los 65 años:

Habían pasado 35 años y su tapial continuaba
en el mismo rincón. Su mirada se iluminó cuando
le propuse que me enseñara a hacer tapia pisada.

Junto con don Vicente, en la población
de Curití encontró a don Ismael
González y don Constantino Pimiento,
igualmente tapieros.

Desde entonces, fui el heredero de
esta tradición que sigo como
aprendí de ellos.

Tradición a la que pudo dar continuidad gracias al interés de un grupo de jóvenes aprendices: Jairo González, Javier González, Hermes Garnica, Diego Arias. La primera cuadrilla de la primera escuela en la que se levantaron los cimientos de lo que tres décadas después sería la herencia de la construcción con tierra en Santander, Colombia.

Plano